Reproducido por El Mercurio.
"¡Precios del cobre en el cielo; educación por los suelos!", se leía en una pancarta de los estudiantes durante el paro de tres semanas que tuvieron los alumnos de educación secundaria de Chile en el mes de mayo. Desde entonces los estudiantes, a menudo apoyados por sus profesores, han efectuado demostraciones y huelgas esporádicas en la búsqueda de que el Gobierno use parte de sus ingresos récord de la exportación más valiosa de Chile, en mejorar la calidad de la educación estatal, en la que es la economía más exitosa de Sudamérica.
Mientras que enojados profesores y estudiantes una vez más salieron a las calles, el Foro Económico Mundial, con base en Ginebra, lanzó su último Reporte de Competitividad Global, identificando a Chile como la economía 27.a en el ranking de competitividad mundial -bastante lejos del resto de Latinoamérica-, pero sólo quedó 76° en la calidad de su sistema educacional y 100° en la educación de matemáticas y ciencias. Otros estudios similares sugieren que los logros educacionales en Chile, aun cuando no son tan diferentes al resto de los países latinoamericanos -levemente inferiores que los de Argentina y México, pero mejores que los de Brasil-, son menores que los de muchos países con similares niveles de ingresos.
Pero la plata no lo es todo, y ni siquiera es el problema principal. En 2004, el gasto total en educación -pública y privada- alcanzó el 7,3% del PIB, desde el 4% que significaba en 1990, poniendo al país a la par de muchas naciones industrializadas. Pero no ha habido un mejoramiento acorde en el desempeño de los estudiantes. Incluso entre los niños chilenos de las familias más ricas, en las que la mayoría de ellos asiste a colegios privados, los niveles educacionales son bajos para los estándares internacionales.
La Presidenta Michelle Bachelet está proponiendo impulsar el fondo estatal para los alumnos más pobres en más de la mitad para los próximos cuatro años. Bajo este esquema, que costará alrededor de US$ 300 millones al año, una vez que esté completamente operativo, el fondo actual por estudiante, de cerca de US$ 60 al mes subirá a cerca de US$ 90 para los estudiantes más pobres. Pero en Puente Alto, comuna de la capital que incluye algunas de las áreas más pobres de Santiago, los directores de escuelas sugieren que más dinero, aunque es algo bienvenido, no está en los primeros lugares de su lista de deseos.
Preparación
"Tenemos toda la infraestructura que necesitamos", dice Paulina Barría, directora de la Escuela Básica Los Pimientos cuando habla de su escuela moderna, alegre y escrupulosamente limpia, que casi se ve opulenta al lado del modesto barrio en que la mayoría de sus alumnos vive. Lo que ella más quiere, dice, son profesores mejor preparados y más motivados. Y eso, agrega, no es sólo un tema de sueldos. En relación con el PIB per cápita nacional, los profesores tienen sueldos comparables a los de la mayoría de los países industrializados. Pero no siempre fue así. Durante el gobierno de Augusto Pinochet, entre 1973 y 1990, los sueldos de los profesores cayeron en forma aguda, lo que trajo como resultado que cayera la calidad de aquellos que decidían dedicarse a la docencia.
Mauricio Díaz, director del Liceo Chiloé, de Puente Alto, dice que sacaría a dos tercios de sus profesores si pudiera. Pero bajo la ley introducida a principios de los años '90, que buscaba mejorar el estatus y las proyecciones de carrera de los profesores, los docentes son casi inamovibles y sus sueldos están relacionados con la duración de su servicio y no con su desempeño. Como resultado, las municipalidades, que manejan los colegios estatales, están encasilladas con profesores viejos, a menudo incompetentes y con una cuenta de salarios creciente que, al menos en Puente Alto, engloba el 85% del presupuesto educacional. Los profesores no son los únicos culpables de los pobres estándares. Sus condiciones laborales son a menudo difíciles. Hay poco tiempo permitido para la preparación de las clases, y muchos, especialmente los que estudiaron bajo el período de Pinochet, han recibido poca educación. Por eso se oponen a un nuevo programa de sueldos, bajo el cual quienes no consiguen mejorar podrían ser despedidos.
Junto con impulsar una buena capacitación inicial para los docentes y un entrenamiento bueno mientras están trabajando -algo en lo que útilmente se podría gastar parte de los ingresos extraordinarios del cobre-, los profesores necesitarían ser más responsables del desempeño de sus alumnos, aun cuando eso pueda significar perder el trabajo. Pero para lograr esto, el Gobierno tendría que enfrentar al poderoso sindicato de profesores, y eso, según lo que privadamente admiten las autoridades del gobierno, está oscureciendo las posibilidades.

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