Limpiando el medio ambiente

THE ECONOMIST

El tema del cambio climático ya suena demasiado familiar. Alemania, el anfitrión de la reunión de los G8 de este año, está tratando de lograr que el mundo se ponga de acuerdo sobre qué cosas hacer con los gases de efecto invernadero antes de que el protocolo de Kyoto expire, en 2012. Estados Unidos, país al que le molestan los exigentes objetivos que los europeos quieren que el mundo firme, está proponiendo separar las negociaciones entre los grandes emisores del mundo. Los medioambientalistas lo acusan de tratar de sacar del carril el tema, tal como lo hizo Estados Unidos para no firmar el acuerdo de Kyoto en 2001.

Pero concluir con esto de que nada ha pasado sería equivocado. Las actitudes han cambiado agudamente en los últimos seis años, especialmente dentro de la gente del mundo de los negocios.

Hasta hace poco, los negocios tendían a tener una visión estrecha sobre la idea de que el clima estaba cambiando. La noción implicaba que la industria había dañado el planeta y que por ello tenía que pagar las consecuencias. Dado que las compañías no podían ver el daño que supuestamente habían hecho, ellas preferían, en su mayoría, argumentar que no estaba ocurriendo.

Pero ya no más. En estos días la gente de negocios está cayendo sobre los otros como para demostrar cuán verdes son. Eso, en parte, se debe a que las políticas sobre el cambio climático se han movido muy rápido en Estados Unidos. Cinco propuestas de ley en el Congreso introducirán controles federales. La mayoría de los candidatos presidenciales serios para el 2008 las apoyan. California ahora tiene objetivos obligatorios para reducir las emisiones de CO2, y otros estados planean seguirlos. Muchos ejecutivos principales han llegado a concluir que los controles federales serían mejores que un revoltijo de leyes estatales. Y si las regulaciones estatales están por venir, las compañías necesitan apoyarlas, para así estar envueltos en el diseño de ellas. De ahí la necesidad de ser visto como un verde.

Vientos de cambio

Pero las compañías no sólo están movidas por el temor a las regulaciones. Energías más limpias significan nuevas tecnologías y nuevas posibilidades de hacer dinero. La gente de negocios preocupada de posicionarse así misma bien para un futuro con restricciones de carbono deben hacer más cosas que simplemente fotografiarse con Al Gore: ellos necesitan invertir en tecnologías que producirán energía más limpia.

Hay horizonte amplio para nuevas inversiones. En 2003, el año más reciente con cifras disponibles, el negocio de generación de energía de Estados Unidos, que podría decirse que es el mayor contaminador individual del mundo, gastó una proporción menor de sus ingresos en investigación y desarrollo que lo que gastó la industria de comida para mascotas en Estados Unidos. Pero eso está comenzando a cambiar, como lo demuestra nuestro especial de esta semana.

Las inversiones globales en generación de energía renovable, biocombustibles y tecnologías bajas en carbono se elevaron desde US$ 28 mil millones en 2004 a US$ 71 mil millones en 2006, de acuerdo a New Energy Finance, una empresa de estudios. Los precios de las acciones de compañías de energía limpia han estado yéndose a las nubes. Los capitalistas de riesgo de Silicon Valley están metiéndose en el negocio, convencidos de que ellos pueden crear tecnologías revolucionarias, traer los precios hacia abajo y eliminar inconvenientes en el negocio de la energía tal como lo hicieron con el mundo de los softwares. Las empresas petroleras, los fabricantes de automóviles, las generadoras de electricidad, nerviosas de ser sobrepasadas, están subiendo sus inversiones en el área de renovables y biocombustibles.

En la medida en que los pares de General Electric y BP pongan dinero en tecnologías más limpias, los costos bajarán. El precio de un watt de capacidad solar fotovoltaica cayó de cerca de US$ 20 en los años 70 a cerca de US$ 2,70 en 2004 (aunque una escasez tipo silicon, que fue causada por una repentina alza en la demanda de unos subsidios alemanes ultra generosos, han hecho que los precios se eleven desde entonces). El valor de la energía eólica ha caído desde US$2 por kilowatt hora en los 70 a 5 ú 8 centavos ahora, comparado con los 2 ú 4 centavos de la energía a carbón. Más inversiones traerán los precios hacia abajo; y en la medida en que la brecha disminuya, así también lo harán los costos de cambiarse desde energía contaminante a la limpia. También caerán.

Aunque el nuevo entusiasmo por energía limpia es un frágil disparo verde en un oscuro panorama. Mucho podría pasar y que todo se fuera al suelo. Por ejemplo, una sostenida caída en el precio del petróleo podría minar las inversiones en tecnologías limpias que también son más caras. Pero el mayor riesgo de todos es el político. Los negocios están invirtiendo en alternativas a los combustibles fósiles porque asumen que las emisiones de carbono serán limitadas en el futuro. Pero si los gobiernos no actúan buscando reducir las emisiones, esas inversiones serán eventualmente más débiles.

Conveniente verdad

La mejor forma que tienen los gobiernos para fomentar la inversión en energías limpias es hacer que los contaminadores paguen un precio por las emisiones de CO2. De acuerdo al Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el organismo establecido bajo el auspicio de las Naciones Unidas para estipular un consenso sobre el calentamiento global, un precio entre US$20 y US$50 por tonelada de CO2 para el 2020-30, debiera comenzar a estabilizar las concentraciones de CO2 en cerca de 550 partículas por millón (reconocido ampliamente como un nivel seguro) para el final del siglo. Un valor de US$50 elevaría los precios del petróleo en Estados Unidos en cerca de 15% y los precios de la electricidad en cerca de 35%. El IPCC calcula que estabilizarse en 550ppm podría golpear el crecimiento económico global en 0,1% anual.

El precio del carbono puede ser establecido ya sea por impuestos o por un sistema de cap and trade, similar al que Europa adoptó después de firmar Kyoto. Un impuesto al carbono sería preferible, porque las compañías serían capaces de establecer un precio fijo para sus planes de inversión; pero la gente del mundo de los negocios y los políticos son adversos a la palabra impuesto. Un sistema de cap and trade puede hacer que funcione, pero el precio tiene que ser establecido a un nivel que afecte las decisiones comerciales. Europa no lo tiene: el precio ha sido demasiado volátil, y por gran parte de su existencia ha sido demasiado bajo como para cambiar los planes de inversión.

Europa ha ajustado el sistema, y el precio del carbono se ha elevado a un nivel que podría comenzar a hacer una diferencia. Pero Europa, por sí misma, no salvará el planeta. Es Estados Unidos el que importa no sólo porque es el mayor contaminador, sino que porque si ellos no participan, los grandes contaminadores del futuro (China e India) tampoco harán nada.

Las mejores noticias en la lucha contra el cambio climático es que el negocio está comenzando a invertir en energía limpia de forma seria. Pero estas inversiones sólo florecerán si los gobiernos están preparados para ponerle precio al carbono. Los costos de hacer eso no son enormes, pero los costos de no hacer nada sí pueden serlo.

Las empresas están invirtiendo en alternativas energéticas porque asumen que las emisiones de carbono serán limitadas.

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