Nueva Zelanda e Irlanda son dos ejemplos claros de países que lograron dar el salto al desarrollo, sin contar con mayores recursos. ¿Cómo lo hicieron?, con la aplicación de varias políticas de incentivo de la inversión e innovación, pero sin duda lo más significativo fue la revolución educacional que ambas impulsaron en los ochenta y que hace unos años ya está dando frutos.
El tigre Celta
La base de las reformas que ha implementado Irlanda se remontan a 1987 con la firma, por parte de los distintos actores del país, del Social Partnership en el que básicamente el gobierno se comprometió a bajar los impuestos, los empresarios a mantener los empleos y los trabajadores a no pedir grandes aumentos de sueldo hasta que la economía se recuperara. Una vez hecho este pacto social, el gobierno irlandés se enfocó en delinear los componentes que harían despegar la economía: la rebaja a los impuestos, la educación y la inversión en proyectos y programas de tecnología y ciencia.
De esta manera, se eliminaron los obstáculos que impedían la creación de nuevas empresas o que dificultaban la inversión extranjera. Uno de los incentivos estrella fue la rebaja de impuestos al 12,5%, una de las más bajas del mundo.
En 1997 se crea el Consejo Irlandés para la Ciencia, Tecnología e Innovación (ICSTI), el que identifica las tecnologías estratégicas y los métodos para desarrollarla, intensificando aún más el gasto en educación que desde 1985 hasta hoy se ha incrementado en un 150%, según datos del gobierno irlandés.
A modo de ejemplo, se crearon cuatro centros de investigación en tecnología y ciencia alimentaria, se les entregó incentivos a los científicos e investigadores para que se dedicaran a este tema y se creó una fuerte colaboración entre éstos y las universidades y las empresas con el objetivo de que desarrollaran proyectos en conjunto.
A estas alturas, Irlanda es una de las economías que más orienta su crecimiento hacia la exportación. De hecho, el 85% de su producción manufacturera se exporta y la tasa de crecimiento real media de sus envíos crece al 15,9 % anual, la más alta de todos los países de la OCDE.
Gracias a este tipo de políticas, esta isla donde viven un poco más de cuatro millones de personas y cuyo ingreso per cápita es de US$ 41.000 anuales se convirtió en el principal exportador y pro-ductor de softwares de Europa.
Para conseguir este rendimiento, Irlanda aprovechó la base del sistema educacional ya existente y que había dado buenos resultados, pero le dio un giro innovador incorporando el estudio de la tecnología en los distintos niveles educativos. Para eso, se generó un sistema de cooperación con la empresa privada, principalmente firmas de alta tecnología, con las que generan proyectos en conjunto. De hecho el ministerio de educación irlandés se llama Departamento de Educación y Ciencia, lo que muestra claramente dónde está puesto el acento del gobierno.
En la educación primaría acercan a los niños a las nuevas tecnologías a través de charlas, internet y visitas a las distintas empresas; en secundaria los jóvenes pueden tomar cursos específicos e involucrarse en proyectos en que firmas de tecnología como Intel participan activamente. Ya en la universidad, se intensifica aún más este proceso y se generan investigaciones y proyectos que luego las empresas pondrán en marcha en sus sistemas productivos.
Irlanda tiene, según el IMD World Competitiveness Report (2004), uno de los mejores sistemas educativos del mundo. Casi un millón de personas forman parte de su sistema educativo a tiempo completo.
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